La librería
A través del cristal observé el interior. Estaban cerrando las últimas cajas. Todo parecía más pequeño y las estanterías, vacías, tenían un aire de reproche.
Había pasado muchas horas allí dentro, tantas que por unos instantes me vi deambular morosamente por los pasillos, detenerme ante los expositores, coger con mimo aquí un volumen, allá otro, valorar cada contraportada, atento al consejo experto de Jonatan, Carmen o Jorge.
Entre aquellas paredes, ahora desnudas, quedaban los correteos por Dublín con el enamorado Leopoldo Bloom, las singladuras a bordo de la Hispaniola, bajo la siniestra mirada de John Silver “el Largo”, las reuniones de amigos en el taller corrigiendo relatos que siempre necesitan una corrección más. Tanto tiempo, tantos amigos, tantas historias.
Quedaban muy pocas. Aquellos espacios de recogimiento, de devoción, de complicidad, de fetichismo, iban desapareciendo uno a uno, como templos de una religión olvidada.
Con esfuerzo conseguí apartarme de la vitrina, al tiempo que aceptaba que habría otras librerías. Posiblemente sí, pero ya ninguna sería mi librería.
In memoriam de El Tranvía
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