domingo, abril 22, 2007

MI ODRADEK

Hace varias semanas que terminé el encantador libro de Vila-Matas, Historia abreviada de la literatura portátil. Aquellos escritores habrían estado encantados de tener blogs para publicar sus leves obras y en vez de portentosas maletas, Walter Benjamin podría haber diseñado un ordenador gafa u orejera. Pero de los odradeks no se habrían librado, porque benéficos o gorrones siempre van en pos del sufrido y vertiginoso escritor, ya sea en villas de parajes poco transitados o en los misteriosos mondogos de la red. Yo también tuve un odradek al que por ignorancia no he reconocido como tal hasta haber leído este libro. Era un odradek benéfico, justo es decirlo, pero algo intimidante pues apareció en forma de auténtico cadáver en una merienda femenina de lo más aburrida y no porque me aburran las mujeres, sino las meriendas decorativas de mujeres. Llevaba yo más años de los que me atrevo a confesar pergeñando una novela de la que nunca escribía ni una línea y estaba ahí ingiriendo sándwiches a toda velocidad antes de que se acabasen mientras las demás chicas departían felices sobre los Limoges y lámparas que adornaban sus respectivas residencias, cuando un cadáver de mujer anciana entró en el salón. Se volvieron todas algo asombradas y el cadáver se sentó a la mesa sin saludar. Tras un intervalo de desconcierto, la dueña musitó: es la señora de arriba, que acaba de pasar a mejor vida. Ah, encantadas de conocerla, señora, cuánto nos alegramos de conocerla, qué bien la queda la mortaja, muy elegante, de verdad. Qué aburrimiento, laístas hasta la eternidad, respondió en voz baja la muerta moviendo la cabeza. Me turbó la frase; no era para menos, pues esos laísmos me molestan tanto como a aquel cadáver y traté de no demostrarlo comiéndome una pasta como si no me hubiese dado cuenta de que estaba allí. Pero ella me miró torvamente y me lanzó un cuaderno a la cara. ¿Qué es esto?, pregunté. Tú sabrás, dijo ella, no tiene más que el título. Abrí el cuaderno, que efectivamente estaba vacío y encendí un pitillo a toda velocidad. ¿Cómo es la eternidad? A veces me obsesiona pensar en eso, le pregunté. Ella me contestó feroz: Olvídate de eso ahora; ya la tendrás entera para meditar sobre lo que no has hecho en la vida. Un brazo me zarandeó sin contemplaciones en ese momento y me desperté. ¿Dónde está la señora muerta? Me arrepentí de la pregunta casi en el acto, pero la dueña de la casa contestó: ¿La escritora en ciernes del piso de arriba? No sabía que te habías enterado. Pobre, al parecer llevaba toda la vida planeando una novela que nunca llegó a escribir. Bueno, qué alivio, había sido un sueño; seguramente yo sí había oído algo y el inconsciente lo había registrado. Pero al marcharme noté que el bolso pesaba más de lo normal y sudorosa comprobé que dentro estaba el cuaderno amarillento y vacío, con la excepción del título en la primera página. Tardé siete meses en escribir la novela y otros siete en corregirla. Después, desapareció el cuaderno y las siete versiones ocuparon alegremente su lugar. Hace pocos días tuve un impulso de abandonar el relato de la luz; corregir otra vez, qué nervios, qué desgaste. Efímera me recomendó paciencia y tesón, y yo no quería tener paciencia ni tesón. Finalmente me acordé del odradek y pensé que quizás no se le concedería una segunda oportunidad de volver a visitarme. Así que me puse a corregir para que en el futuro no me lo recrimine durante toda la eternidad.