sábado, julio 18, 2009

POEMAS DE AMOR. Idea Vilariño

A Juan Carlos Onetti

EL ENCUENTRO

Todo es tuyo
por ti
va a tu mano tu oído tu mirada
iba
fue
siempre fue
te busca te buscaba
te buscó antes
siempre
desde la misma noche
en que fui concebida
Te lloraba al nacer
te aprendía en la escuela
te amaba en los amores de entonces
y en los otros.
Después
todas las cosas
los amigos los libros los fracasos
la angustia los veranos las tareas
enfermedades odios confidencias
todo estaba marcado
todo iba
encaminado
ciego
rendido
hacia el lugar
donde ibas a pasar
para que lo encontraras
para que lo pisaras

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jueves, julio 16, 2009

UN LIBRO DE RELATOS SINGULAR

“La vista desde Castle Rock”, de Alice Munro, es un libro de relatos singular. Compuesto de once relatos, agrupados en dos partes, un prólogo y un epílogo, nos cuenta la historia de los antepasados de la escritora canadiense, pioneros escoceses llegados a Canadá en la época de las guerras napoleónicas, de los que se ocupa la primera parte, para llegar a la suya propia, la de Munro, desarrollada en la segunda.

Considerado por la crítica como un libro de relatos, al finalizar su lectura se tiene por el contrario la sensación de haber concluido una novela. Obviamente a ello contribuyen el tema común, la historia familiar y la propia, y la exposición en orden cronológico, con pequeños saltos temporales que no llegan a alterarlo. En no menor grado coadyuva a dar esa impresión de unidad e individualidad que caracteriza a una novela la presencia de un narrador en primera persona, la propia Munro, que se mantiene a lo largo del libro, aunque lógicamente cobra mayor presencia en la segunda parte, dedicada a su propia vida.

Pero además de estos factores hay algo más y ahí reside en parte el talento de Munro. A medida que la madeja familiar se va desentrañando, la autora siembra una serie de temas que dotan a la sucesión de relatos de un hilo conductor común y lo hacen confluir hacía una meta perfectamente definida. Como tales pueden citarse el trabajo, la pobreza, la austeridad, el dominio de la naturaleza por el hombre, el afán de superación, la familia y sus ataduras, las angustias y torpezas de la juventud, la identificación del espacio con el tiempo, la religión, la enfermedad y la muerte, entre otros.

Todo ello arroja un resultado que participa de los rasgos del libro de relatos, de la novela y de la narración autobiográfica, y que la propia autora califica en el prólogo como “relatos o algo por el estilo”, revelando así su conciencia de la naturaleza híbrida del libro.

Otros muchos aspectos merecerían ser comentados: la agudeza de los diálogos, las hermosas y muy detalladas descripciones de la naturaleza salvaje, la profundidad psicológica de los retratos de la protagonista y sus familiares más cercanos, sobre todo los femeninos, o la perspectiva que dan al conjunto los dos últimos relatos de la segunda parte y el epílogo, escritos en tiempo presente cuarenta años después del relato anterior.

Pero sin perjuicio de volver sobre ellos en otro momento, ha sido esta sensación de haber leído una novela y no un libro de relatos, como esperaba, la que con más fuerza me ha asaltado al terminar la lectura y me ha movido a esta pequeña reflexión sobre este hermoso libro.

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martes, julio 07, 2009

Sigo ahí. (2ª y última parte)

Hola: Sigo ahí como el moscón de Tornasol, convertido por arte de magia en "un ada". No puedo de ninguna manera despegarme de ese asiento amarillo y de las bellas estanterías con libros. Si es que tenemos alma os aseguro que estará ahí siempre, aplaudiendo vuestras explicaciones tan inteligentes. ¿Cómo voy a faltar? Soy el primero de la clase, con el permiso de Hispaniola; siempre tengo mis ya encerados oídos y mis ojos bastante repuestos, colocados enfrentito de Efímera, deleitándome con sus magníficas enseñanzas literarias, admirando de cerca su espléndida figura. ¡qué le voy a hacer, al fin y a la postre aunque viejo, soy hombre! un tanto payaso, lo reconozco, pero es verdad, he aprendido tanto... y cuando miro el libro de Desoladas me siento tan orgulloso de todas... pues aunque haya habido alguna diferencia, eso es normal entre los humanos y la balanza por supuesto, da positivo. Tengo mis inventos muy abandonados, por eso debo partir, pero desearía que, si os unís algún día para echaros unas risas, contarais conmigo. Os prometo que llevaré mi viejo abrigo al tinte y que seré formalito. Abrazos y besos. TORNASOL.

sábado, julio 04, 2009

¿Qué es la maldad humana?

El estilo de Onetti es menos vitriólico que el de Céline pero tan irrespetuoso como éste con los valores establecidos y las buenas maneras, un estilo que, nacido en la placenta nutricia de la lengua hablada, ha experimentado sin embargo una sutil reelaboración literaria, que, a la vez que le confiere la apariencia de frescura y espontaneidad del lenguaje oral y callejero, constituye una creación estética muy eficaz para expresar una visión personal y siniestra del hombre y de la vida. Esta visión coincide con la de Céline en ciertas convicciones esenciales: que no hay esperanza, que los seres humanos son una horda repulsiva de resentidos, mezquinos, mediocres y malvados y que sólo destacan y sobreviven entre ellos los peores. Y, al mismo tiempo, tanto Céline como Onetti fueron capaces- es el gran misterio del arte y la literatura-, con semejantes materiales deleznables, de construir una obra literaria cuyo vigor, belleza y coherencia a ambos redimía y salvaba de la desesperación.

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domingo, junio 28, 2009

LOS ADIOSES (Juan Carlos Onetti) 2ª parte

Sobre estas premisas, los personajes, desprovistos de nombre salvo la camarera, el médico, el agente inmobiliario y algún otro secundario, se nos aparecen con rasgos y caracteres poco fiables, a lo que contribuye de forma decidida el relato cínico y ambiguo del narrador. Sólo éste, desde la inicial confesión sobre la siniestra competencia que mantiene con el enfermero acerca de las posibilidades de curación de los que van llegando, pasando por esa filosofía de la vida, resabiada y resentida, que exhibe con impudicia, y que tanto puede ser debida a que está de vuelta de todo, como a que nunca se atrevió a nada, y terminando con la rabia que le produce el inesperado descubrimiento de que sus cábalas eran risibles, sólo el narrador, digo, nos ofrece suficientes asideros como para creer en él como personaje. Al fin y al cabo también él, y no sólo nosotros, ha hecho el ridículo.

Por eso no resulta relevante el análisis del resto de personajes, pues sus características podrían ser las que reflejan el enfermero y la camarera, y eso según el narrador, que se cuida mucho de apoyar o valorar las opiniones de ambos, o las que parece sugerir el propio narrador, casi nunca constatadas por hechos confirmados, u otras posibles, igualmente faltas de auténtico respaldo.

Por el contrario merece toda nuestra atención el lenguaje empleado por Onetti, que es de una belleza y penetración difíciles de igualar. Y así hay imágenes enormemente sugerentes:
- “…mostrando, aun en la grosera retícula de las sextas ediciones…” (pag. 29), para referirse a la falta de finura de las fotos de prensa.
- “…las redondeces breves y melancólicas…” (pag. 40), en alusión a los pechos de una mujer madura.
- “…Marcharían del brazo, mucho menos rápidos que la noche,…” (pag. 62), lamentando el curso veloz e inexorable del tiempo.

Como también abundan los juicios de profunda hondura psicológica:
- “…No es que crea imposible curarse, sino que no cree en el valor, en la trascendencia de curarse…” (pag. 12).
- “…el cuerpo de la muchacha corregía la furia inicial para ofrecer solamente cosas que no exigían correspondencia: protección, paciencia, variantes del desvelo…” (pag. 54).
- “…yo creía con ella que lo que estaba dejando a la otra no era el cadáver del hombre, sino el privilegio de ayudarlo a morir, la totalidad y la clave de la vida del tipo…” (pag. 91).

El cinismo que impregna el relato no impide que haya algún pasaje de gran ternura, como la descripción del paseo nocturno del protagonista y la muchacha de la página 55, y también alguno de agudo lirismo, como la escena de la despedida de esos mismos personajes de las páginas 57 a 60, magistralmente contrapunteada por el relato intercalado de hechos ajenos a la escena, y rematada de forma brillante en el último párrafo de la página 60 y primero de la 61 para retomar el curso prosaico de la realidad.

Y todo ello al servicio del tema central de la ambigüedad y la impostura como motores de la ficción y de la ficción como instrumento de indagación de la realidad, con los innumerables encuadres y matices que un debate como ése puede plantear. Tanto desde el punto de vista del autor como creador de un mundo mucho más rico y vivo, cambiante en suma, como desde el del lector, al que, de un lado, se le invita a aceptar ser manipulado (es esa aceptación la que cuenta) y, de otro, se le ofrece al tiempo el privilegio de participar activamente en el proceso creador.

En definitiva, una obra literaria memorable, de múltiples lecturas e interpretaciones, que da nueva dimensión a la figura del narrador testigo, eleva la ambigüedad y la impostura a fuentes de creación literaria y aúna en su lenguaje una belleza deslumbrante y una penetración psicológica insuperable.

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jueves, junio 25, 2009

LOS ADIOSES (Juan Carlos Onetti) 1ª parte

La novela (Editorial Punto de Lectura, 2007) narra los últimos meses de vida de un exjugador de baloncesto de unos cuarenta años de edad que llega a una localidad de la sierra para curarse de la tuberculosis que padece.

A través de la voz del dueño de un almacén (tienda, bar y estafeta de correos) y de sus informantes locales, se nos cuenta cómo el protagonista, pese a su aparente propósito de curación, no se interna en el sanatorio especializado sino que se aloja en un hotel, haciendo su vida totalmente al margen del resto de enfermos. Al almacén le llegan asiduamente cartas de dos remitentes que parecen ser una mujer madura, que tiene un hijo, y una muchacha. Ambas le visitarán, incluso simultáneamente, y convivirán con él, con gran escándalo de los residentes, que las identifican con su mujer (e hijo) y su amante más joven, respectivamente. La enfermedad parece agravarse por lo que finalmente ingresa en el sanatorio. El dueño del almacén descubre finalmente por una de las cartas, no entregada, que la muchacha es la hija del enfermo y que está costeando el tratamiento. Cuando ya parece inminente su muerte, el protagonista, que ha convivido las últimas semanas con la muchacha, se suicida.

Novela de la ambigüedad y la impostura, sitúa en primer plano y como paradigma de ambas al narrador. Este, narrador homodiegético, extradiegético y deficiente, nos va insinuando, más que relatando, la historia en primera persona sobre la base de suposiciones propias e informaciones de terceros (el enfermero y la camarera) que dan a la historia un halo de inseguridad, especialmente tras el descubrimiento que realiza el dueño del almacén por medio de la carta olvidada. Incluso hay algunas sugerencias de que podría tratarse de un narrador infidente: “Porque, además, es cierto que yo estuve buscando modificaciones fisuras y agregados, y es cierto que llegué a inventarlos” (pag. 63); “Todo esto frente a mí, al otro lado del mostrador, todo este conjunto de invenciones gratuitas metido, como en una campana, en la penumbra y el olor tibio, húmedo, confuso, del almacén.” (pag. 71). La sombra de la impostura, de que todo o buena parte sea invención, no abandona ya al lector.

En todo caso, éste no puede librarse de la sospecha de que la creencia a que se le ha hecho llegar sobre lo sucedido es una posible historia, pero podría haber otras, coincidentes en mayor o menor grado con aquélla, o esencialmente divergentes, pues todo se basa, como se ha dicho, en suposiciones del narrador, a su vez sustentadas en gran parte en informaciones de terceros, nunca confirmadas por los protagonistas. En este sentido la figura del narrador testigo cobra nueva dimensión, porque tras la lectura inevitablemente surge la pregunta: Pero, en realidad, ¿de qué ha sido testigo éste? Tan sólo de conversaciones y hechos banales, incompletos o equívocos y de los cotilleos de dos personajes llenos de prejuicios. Como también surgen otros interrogantes menos genéricos, de los que pueden ser muestra los siguientes: ¿Son realmente la mujer y el niño la esposa y el hijo? ¿Por qué se interrumpen las cartas de la muchacha durante la primera visita de la mujer? ¿Quién es la mujer vieja que está en el chalet en la última escena? ¿Cuál es la naturaleza de la relación entre el protagonista y la muchacha?
(Continuará)

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Sigo ahí.

Hola, amigos: Sigo ahí como la mosca de la tele. ¿A quién contaría mis cosas si no? Estoy cansado de inventar artefactos inútiles, pero para quitarme el mono -nunca mejor dicho- del taller, seguiré inventando historias, a pesar de que sólo me escuche Milú, siempre fiel como todos los canes, o el Capitán Haddoc constantemente con el pedo puesto (perdón). Ahora vengo nada menos que de El Registro de la Propiedad Intelectual (lo digo completo para darme importancia) He registrado 10 relatos con título incluido, SÍ ES PAÍS PARA VIEJOS, ese que tanto le gustó a Sara desde el principio. Tengo en el cofre comprado en algún sitio de tantos viajes por todo lo largo y ancho de este mundo otros tantos que ya incorporaré algún día, si es que encuentro la llave para abrir este dichoso cofre. Mandaré a algún concurso de Libro de Relatos a ver si algún nostálgico despistado se los lee y se distrae un poco. Con eso me daré por satisfecho. Ya os estoy echando de menos a todos. De vez en cuando mirad al firmamento al anochecer. Desde una de esas estrellitas sigo vuestros pasos con cariño. Hasta siempre. TORNASOL.

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Un regalo para Hispaniola

Entrevista a Juan Carlos Onetti

- ¿El principal rasgo de su carácter?
La pereza.
- ¿La cualidad que desee en un hombre?
La bondad.
- ¿La cualidad que prefiere en una mujer?
La ternura.
- ¿Lo qué más aprecia en sus amigos?
Lealtad.
- ¿Su principal defecto?
Ninguno.
- ¿Su ocupación preferida?
Leer novelas policiales
- ¿Su sueño de dicha?
Whisky y una buena novela policial que todavía no he leído.
- ¿Cuál sería su mayor desdicha?
Superstición. No la nombro.
- ¿Qué quisiera ser?
Yo, en las condiciones presentes, pero con veinte años.
- ¿Dónde desearía vivir?
En cualquier sitio, pero de rentas.
- ¿El color que prefiere?
El rojo.
- ¿La flor que prefiere?
La rosa amarilla.
- ¿El pájaro que prefiere?
El gorrión.
- ¿Sus autores preferidos?
La Biblia, Faulkner, Proust, Céline, Dostoievski, Cervantes, Hemingway.
- ¿Sus poetas preferidos?
Shakespeare, Walt Whitmann, Pablo Neruda, César Vallejo, Luis Rosales.
- ¿Sus héroes de ficción?
Los que yo invento
- ¿Sus heroínas favoritas de ficción?
Las que yo invento.
- ¿Sus compositores preferidos?
Tchaikowsky, Prokofiev, Beethoven, Ravel, Mozart.
- ¿Sus pintores predilectos?
Gaugin, Van Gogh, Picasso, Goya, Klee, Braque.
- ¿Sus héroes de la vida real?
El Che Guevara.
- ¿Sus heroínas de la vida real?

- ¿Su nombre preferido?
María.
- ¿Que detesta más que nada?
Ver sufrir sin poder hacer nada para remediarlo.
- ¿Qué caracteres históricos desprecia más?
Los dictadores.
- ¿Qué hecho militar admira más?
La campaña de Napoleón en Italia.
- ¿Qué reforma admira más?
Ninguna evitará la muerte.
- ¿Qué dones naturales quisiera tener?
Hacerme invisible.
- ¿Cómo le gustaría morir?
De ninguna manera.
- ¿Estado presente de espíritu?
Resignado.
- ¿Hechos que le inspiran más indulgencia?
Todo lo que se haga por amor.
- ¿Su lema?
Que me dejen en paz.

Fuente: Miradas sobre Onetti (Montevideo 1995, Coord. Omar Prego)

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Las locas subrepticias

Alicia Migdal describe un prototipo en la obra de Onetti: "Las Locas".No se refiere "a las oficiales, clásicas, pertenecientes a la historia publica de Santa María (como Julita Malabia en Juntacadáveres, Angélica Inés Petrus en El astillero o Moncha Insurralde en La novia robada), sino a las locas subrepticias, las que lo parecen y no lo son, las que son nombradas por el tedio y la rutina de los hombres. Se trata de mujeres a las que convendría más el apelativo de rebeldes o "infractoras", que, añade Migdal, tienen una capacidad de absoluto (vivencia y acto) que las expulsa, necesariamente, de la vida del relato. Entre ellas, cita a Mami, de La vida breve, que pasea con ayuda de un plano por Paris sin salir de Buenos Aires; la muchacha sin nombre de Los adioses, de la que nunca sabremos si es sólo la hija sino también la amante del protagonista; y "locas de amor"como la Magda de Cuando entonces.Todas ellas son más intensas y genuinas que la imagen que dan de ellas quienes las narran, siempre hombres y todas están marcadas por el "signo de la piedad". A esta estirpe pertenecen también la Kirsten de Esberg, en la costa y la Gracia César de El infierno tan temido. Hay en ellas algo desmedido y heroico, en el amor, en el exceso, en la fantasía, en el desafio a los límites de la realidad.También se frustan, como los hombres, pero su fracaso exhala cierta grandeza porque fracasan en empresas de gran audacia y temeridad, sin la mezquina sordidez de tantos personajes masculinos.

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martes, junio 23, 2009

LOS ADIOSES PERSONALES.

He aquí El Mono Rojo. Saltaba lleno de júbilo a pesar de ser lunes, esos días anodinos y perezosos. Tornasol lo imitaba al coincidir la misma tarde, jugando a la comba con la curva ascendente de la risa tatuada en su rostro.. Tantos inviernos camuflado entre mechas canosas, ese deambular con carpeta, del metro al tranvía, casi sin resuello salvando obstáculos: marquesinas, viento con paraguas , pasos estrechos, el cuaderno que se cae por las prisas, biombos y escalerillas. Qué suerte, cuántos lunes vestidos de sábado, o mejor, de domingo. El último, qué distinto, sin remedio, aciago, triste, como casi todos los adioses y los propios lunes. La salida. Un anochecer más, aunque lleno de acidez. Mamá -dice un niño- , parece Tornasol, ese viejo chiflado de las historietas de Tintín, pero va llorando. Era verdad. Unas lágrimas reventaron el coágulo de la garganta, Lágrimas que corrían como la sangre, sin tregua, sin pudor, retenidas hasta ese momento, en la calle, al fin libres y refrescantes. No le gustó la despedida. Ha sido brusca, imprevista para él, sin calidez, como un día de tantos, con un obsequio oloroso dejado en la mesilla de noche para mañana; sin bombones de naranja; sin conejitos sacados de la chistera del maestro; sin pellizcos en el moflete; sin un relato cercano e inédito para el que bastara un cuarto de hora. Sólo omnipresente el narrador mezquino, malpensado, juzgándonos, haciendo elucubraciones ahí, en cada segundo de nuestras vidas como una mosca pegajosa que antes se revolcó en el estiércol. A Tornasol le hubiera gustado disponer de un día más. Poder decir: "·Siempre nos quedará París" , pero tendrá que contentarse con intercambiar un libro, sorbos de te en la cafetería, dejando pasar los lunes callados, lentos como las manecillas del reloj en la sala de espera, aunque tal vez, y ójala, con nuevos hallazgos al crear otros narradores menos retorcidos, preferible que sea un omnisciente de verdad, sin malicia, hablando, por qué no, de nosotros mismos, pues ni la vida de Tornasol, ni la de sus compañeros Efímera, Peter, Palimpsestos e Hispaniola, tienen entresijos para airear, por lo que el primero, -DOY FE-, está muy orgulloso de haberlos conocido. TORNASOL.