sábado, julio 01, 2006

Entre cursos


Regreso de los montes de Málaga. En una de las colinas tiene la casa mi hermano. Encalada y con jardín. Todo blanco y sobrio, barnizado por el espíritu danés de mi cuñada Astrid (estrella bella, en la mitología nórdica). Desde la terraza se ve el mar a lo lejos, la casa parece colgada de las nubes. El motivo de mi visita era estar, entre cursos, con mis sobrinos. Él tiene cuatro años y ella uno y medio. Aparecí como la tía de David Copperfield, sólo para hacerlos felices durante unos días antes de que él comience el curso de verano y ella regrese a la guardería. He aprendido a montar Legos y algunas palabras danesas que me traducía él, cuando en los primeros días no entendía lo que mi sobrina necesitaba. Un lenguaje contundente lleno de palabras españolas y nórdicas que me convertía en una analfabeta divertida, rescatada por la bondad e inteligencia de un niño de casi cinco años. Por las mañanas la vida comenzaba muy temprano allí en los montes y los ojos infantiles me hacían ver el mundo de nuevo. Inefable, se llena de sentido cuando quiero relatar sus miradas. Recuerdo a Hugo von Hofmannsthal y Lady Chandos. Aquella carta a Francis Bacon: “Las palabras ya no llegan a él, tiemblan y se rompen, es como si (“como si”, digo) estuviera protegido por un escudo de cristal…Y aún así él le escribe a usted, igual que le escribo yo, pues es usted conocido entre todos los hombres por elegir sus palabras y ponerlas en el lugar correcto y por construir sus juicios igual que un albañil construye una pared con ladrillos”*. Cómo contaros la sorpresa de mi sobrino al tocar el raso de mi salto de cama- es muy suave- o al verme dar una voltereta en el agua- te aprietas la nariz. Cómo deciros la emoción que se siente al coger la mano diminuta y tierna de mi sobrina. Todo es alegoría, dice mi Philip.
*Elizabeth Costello, de J.M.Coetzee