domingo, junio 18, 2006

EL POEMA NUMERO SETENTA Y DOS DE TRILCE

LA ULTIMA EVOCACIÓN


Cuando vuelvo a tu habitación, en los amaneceres insomnes, lo primero que busco es el paisaje alado de tu ventana. Hay árboles sin nombre, yo soy más pequeña; pero puedo ver, tras las cuerdas y las otras ventanas, las ramas apuntalando la luz blanquecina. Tus paredes son lisas, aún no eres humedad. Aunque los carteles de frases que no sé leer ya están colgados, haciendo inalcanzable el arco de tus dedos. Sé que hay más palabras, en el mar oculto de los cajones. Bajo la inquietud de la almohada. Tras la boca miedosa del armario. Los colores de tus trajes, de tus partituras, huelen a raídas sonrisas que se desvanecen poco a poco. Sé que siempre estoy de pie. Al lado de la silla. Busco tus ojos silenciosos. Memorizo las palabras incomprensibles. Retorciendo el contorno de la falda gris. Las memorizo sin saberlo. Hay mares de años, olas remolino, huecos frondosos en las ramas. Es que todavía no sé cómo irme. Me da vergüenza enseñar las arrugas de la blusa enorme, prestada. Las memorizo entre tus sueños y el reflejo inane de mi rostro en el cristal. Estoy pensando en una gran tormenta. Pero es Julio y te vas. Siempre es Julio. Estoy escribiendo en los cafés. A veces, miro hacia la calle. Los primeros pasos, las primeras luces. El espejo inmóvil. Los árboles erosionados en mi mirada.